“Libertad es una palabra enorme” decía Benedetti mediante la inocente Beatriz en Primavera con una esquina rota. Y cuánta razón tiene el entrañable poeta, o la inocente niña. Porque Libertad es una de las grandes palabras, es uno de los grandes temas que han inspirado a artistas y filósofos de todas las épocas.
Ni soy artista ni filósofa, de modo que ni escribiré un poema dedicado a dicha palabra, ni escribiré una reflexión exhaustiva sobre su significado. Lo único que puedo decir con la contundencia de estar absolutamente convencida de ello es que no hay mayor felicidad que sentirse libre. Y eso no depende tanto de circunstancias externas como de un estado interno. Y por supuesto, no tiene que ver con estar soltero o estar en pareja. Precisamente, si retrocedo en el tiempo y recuerdo la dicha del amor, una de las cosas que a mí me provocaba esa dicha era la sensación de libertad que me proporcionaba desnudar mi alma y quitarme todas las mascaras y corazas ante la persona amada. Si salía con mi chico era porque me apetecía, no porque tenía que hacerlo. Si algún dia dejaba de hacer algo que me apetecía porque de algún modo me necesitaba, no lo hacía porque era mi deber, lo hacía porque quería hacerlo. Si no me acostaba con otros hombres no era porque eso no se hace, no lo hacía porque no quería tener sexo con nadie más. El día que empezamos a sentirnos presos el uno del otro, fue simplemente el principio del fin.
Quien relaciona la soltería con la sensación de libertad, sinceramente creo que no tiene ni puta idea ni de lo que es sentir amor, ni de lo que es sentir una verdadera sensación de libertad. Me he sentido muchas veces presa estando soltera. Hoy me siento afortunada por no sentirme presa. Si algún dia tengo una pareja, quiero seguir conservando esta sensación y quiero que él también la tenga. No quiero otra cosa que no sea eso.
Un saludo. Caótica.







La soltería no es sinónimo de libertad, pero la sensación de libertad que proporciona la soltería no tiene precio.
Son las ocho de la mañana. Rostros serios en la sala de “Admisión” del hospital. Espero mi turno. Estoy en ayunas. Mi estómago amenaza tormenta. Hoy me rajan. Y por si fuera poco, Angélica, está de turno. Miro para todos los lados. “Tranquilo, esto es enorme y de momento no hay rastro de ella”. Para relajarme trato de pensar en otra cosa. Por favor, no. En la anestesia general no. Alerta, el vacío me sube hasta la garganta. Y entonces alguien dice mi nombre. “¿Familiares cercanos?”. Está claro, no se trata de nada demasiado grave, pero algo puede salir muy mal.
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