Hablando de obsesiones, lo cierto es que las cosas a veces se complican. Conocí a alguien con quien todo parecía ir bien. Nuestro mayor problema era la distancia. El en Roma y yo aquí, en una ciudad del norte. A pesar de eso nos las arreglamos bien al principio. Gracias a los vuelos low cost, que son el puente de unión en estas historias los fines de semana. Así nos veíamos bastante. Una veces iba yo y otras venía él… todo tan intenso, a veces tan angustioso y también tan romántico.
Sí… me estoy poniendo tonta, pero lo cierto es que era así.
Y digo era porque, recientemente, todo cambió. Cambió para mí. De repente. No sabría explicar el porqué. Puede que me aburriera, puede que en un momento determinado viera claro que no había futuro o quizás fuera simplemente que hay relaciones de vida corta y punto. El caso es que el otro día le escribí un email interminable dándole toda clase de razones e intentado explicarle que ya no sentía lo mismo por él, y que por lo tanto lo mejor era no volver a Escribirlo fue doloroso, recordando los buenos momentos, y los malos, ¿Estaría equivocada? pero una vez hecho y darle a “send”, un gran alivio.
Toda la tarde delante del ordenador, esperando una respuesta que no llegaba. Su “mail” al día siguiente en la bandeja de entrada. Pero cuando lo leí, me quedé un tanto desconcertada. Que es que va él y me escribe como si no hubiera leído mi adiós, como si nunca lo hubiera recibido (lo comprobé una vez más, y efectivamente sí lo envié), y para rematarlo me dice que se viene el fin de semana, con la hora de llegada y todo, para que me acerque al aeropuerto con el coche a buscarle.
Todos estos días intentado llamarle por teléfono. Sin respuesta. Le he enviado unos dos mil “mails” de despedida más, que ya no los he escrito con dolor. Más bien con fastidio e incredulidad. ¡Le pido que no venga y no me hace ni caso! No sé cuantos mensajes míos tendrá en el contestador, joder, si es que me siento como si lo estuviera acosando con mis intentos de ruptura. Incluso le he enviado un telegrama “No quiero verte más. Esto se ha acabado”. Pero nada. La única respuesta es el silencio y el día de su llegada se va acercando. Su llegada. Y pensar que hace apenas tres semana contaba las horas para verle y ahora, de tan agobiada, pagaría para que el tiempo se parara.
No voy a ir a buscarle al aeropuerto. Eso lo tengo claro. Pero es que sabe dónde vivo, y con el vuelo barato y un taxi, en poco más de tres horas lo veo plantándose en mi casa. Esa idea me espanta.
¿Alguien puede decirme que es lo que he hecho mal o, en su defecto, indicarme una forma efectiva para cortar con alguien que se niega a escuchar lo que no entra en sus planes? Empiezo a tener miedo…
Clara.







Hablando de relaciones, todos nos preguntamos, porque fallamos tanto en el amor.
En los albores de la civilización, la familia monógama se impuso como base fundamental de las sociedades patriarcales en la cultura occidental, para garantizar la continuidad consanguínea de la propiedad privada. Durante siglos, interesaba una estrategia de expansión del capital social a través de redes de parentesco político. En consecuencia las mismas familias decidían la unión más conveniente para sus hijos.
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