En los albores de la civilización, la familia monógama se impuso como base fundamental de las sociedades patriarcales en la cultura occidental, para garantizar la continuidad consanguínea de la propiedad privada. Durante siglos, interesaba una estrategia de expansión del capital social a través de redes de parentesco político. En consecuencia las mismas familias decidían la unión más conveniente para sus hijos.
Todo siguió más o menos igual hasta el siglo XVIII (la tira de años). De la mano de la revolución industrial, se introdujo una novedad interesante: elegir libremente a la pareja. Todo una adelanto, aunque dicha elección se produjera bajo el síndrome del “príncipe azul”. El amor inicial era la coartada perfecta para mantener una estabilidad familiar basada en la dependencia femenina del marido proveedor.
Con el matrimonio por “amor” de moda durante casi dos siglos, llegamos al modelo actual, en el que gracias a la progresiva independencia económica de las mujeres, el matrimonio (la pareja) presenta una radical simetría igualitaria y depende casi en exclusiva de la identificación emocional y personal entre ambas partes.
Gran conquista social, que unida a otros factores de orden económico y social (masificación urbana, predominio del individuo), ha sumido a la familia tradicional en una crisis sin precedentes como institución social de base. Hoy en día es una estructura tremendamente inestable (se acabó el amor, adiós a la pareja).
En plena revolución social, con unas enormes tasas de divorcios y novedosos planteamientos de pareja, surge Proyecto Soltero XXI…
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