
Tras “Érase una vez, una familia monógama…”, hoy le damos un repaso a otra de las traviesas maestras que soportan el vínculo de la familia, o pareja, tradicional: la (in)fidelidad.
Que desde los albores de la civilización en occidente la monogamia resultara provechosa no implicaba fidelidad. Más bien al contrario; en tiempos de la antigua Grecia, incluso en Roma, se estuviera casado o no, amar lo bello (carnalmente) era lo habitual. Que lo bello fuera hombre o mujer era apenas un detalle sin importancia.
Paulatinamente, el cristianismo impuso su nueva moral. El sexo, sólo para procrear. La asociación de la culpa con las relaciones al margen del matrimonio causó estragos en la pulsión natural del ser humano por el sexo. (La homosexualidad fue directamente abolida).
Tanto afán por normalizar los instintos, queridas amigas y amigos, acabó por consagrar la infidelidad. Aunque su práctica implica cierto grado de secretismo. Es conveniente evitar escándalos innecesarios.
Hoy en día, con libertad plena para establecer relaciones de pareja satisfactorias y de romper las que no lo son. Con licencia para relaciones de una sola noche, de temporada, de amistad con derecho a roce, y un sin fin más de posibilidades (¿realmente existe todo eso?), tras siglos de práctica la infidelidad sigue de rabiosa actualidad.
Las estadísticas afirman que más del 60% de los hombres y del 40% de las mujeres han sido infieles a sus parejas.
En serio, ¿tanto nos pone el pecado?
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